jueves, 30 de septiembre de 2010

Amat vs.Calvo: CADA LOCO CON SU LEM


Cada vez que me topo con una reseña o una de las críticas apasionadas que a menudo nos regala Kiko Amat, ya sea de un libro, una película o (y sobre todo) de un disco, no puedo evitar sentirme dominada por su entusiasmo contagioso y salir disparada con el noble y, en ocasiones, casi imposible objetivo de hacerme con un ejemplar/dvd/vinilo (o en su defecto, y espero que el Sr. Amat sepa disculpar mi poca clase, la misma música en soportes menos nobles)y devorarlo antes de que mi ánimo haya tenido tiempo de regresar a sus parámetros habituales de indiferencia y abulia. Cuando la reseña entusiasta versa además sobre Corona de Flores, la novela más fascinante, divertida y absorbente que he leído en... bueno, en mucho tiempo, mucho, y cuando el autor de dicha novela es mi admirado Javier Calvo, me siento como si dos de mis amigos más queridos se hubieran casado: se impone una celebración de tres días, a lo boda gitana. Sólo un detalle. Deseo manifestar aquí mi discrepancia con la opinión de Kiko sobre la portada de Corona de Flores. Fan de Carmen Burguess y de sus collages e ilustraciones. (Para leer la reseña: http://www.kikoamat.com/web/2010/09/libro-del-mes-septiembre-javier-calvo-corona-de-flores/)
Los libros (y discos, y películas) que me gustan mucho, los siento míos: los regalo, los recomiendo, los defiendo apasionadamente de cualquier crítica que no sea todo lo positiva que yo espero , como una gallina cuidaría de sus polluelos. Con Corona de Flores no he tenido ocasión de indignarme mucho: la novela ha sido acogida por el público y la crítica con los brazos abiertos y es por esto que, meses después de su publicación, continuamos celebrándola.
Entre Kiko Amat y Xavi Calvo se dan, a primera vista, muchas coincidencias. Desde el rechazo que ambos manifiestan por la etiqueta generacional "Nocilla" (en realidad, la única razón por la que se me ocurre que se les podría aplicar semejante etiqueta es la de la edad de ambos, muy próxima),la afición a beber con los amigos (poco importa que el primero le de a los quintos nacionales y el segundo sea un militante radical de la Heineken), cieta nostalgia del pasado que combina perfectamente con su declarada britanofilia, una actitud algo dandy y una dosis generosa de rebeldía y mala leche, que no entra en conflicto (¿y por qué demonios iba a hacerlo?) con su también compartida faceta de padres de familia y devotos esposos.
Pese a estas coincidencias superficiales, pensaba yo, son dos autores muy distintos y que me gustan por motivos casi, casi opuestos. Con Kiko Amat me identifico mucho estética e ideológicamente. Sus referentes culturales son, a grosso modo también los míos. Durante mucho tiempo hemos compartido locales, fiestas y conocidos: en el Heligábal, en el Barbi , en el Vinilo... Como él, yo también nací en una de esas (no tan) pequeñas poblaciones de la periferia de Barcelona (de hecho también vengo del Baix Llobregat) con todo lo que eso conlleva. En mi caso al menos, la percepción es (o era) que, por un lado estás lo suficientemente cerca de la ciudad como para que el sentimiento de comunidad se vea diluido, y sin embargo, tampoco te identificas del todo con los habitantes de la metrópoli que, desde tu pueblo, parecen tener más dinero, más oportunidades y más de todo que tú .
El universo referencial de Javier Calvo, en cambio, me resulta tan exótico como si sus novelas las hubiera escrito un selenita aficionado a los puzzles. Nuestros gustos musicales no pueden ser más opuestos, cita como sus favoritos a un montón de autores ignotos para mi hasta hace bien poco. Y ahí está la clave, supongo. Porque resulta que desde que le conozco y le leo, cada vez que Xavi habla de un libro, yo voy y lo leo (o una película, me estoy volviendo loca buscando “The Wicker Man”) De manera que al final, con Calvo me sucede lo mismo que con Kiko Amat: que me fío de ellos (tal vez, incluso, llegue a escuchar algo de black metal algún día. O no, ya veremos), que quiero aprender de ellos, que me interesa casi tanto lo que leen como lo que escriben.